A menudo, consideramos la actitud innovadora y la creativa como una
virtud que todo docente debe poseer intrínsecamente para conseguir unos
resultados espectaculares en el aprendizaje de sus alumnos. Basta con
haber pasado por un centro educativo, ya sea como alumno o como profesor
para darse cuenta de que no es así. Ni todos los docentes son
innovadores, ni todos son creativos. No al menos como lo esperamos. Los
docentes, como todos son intrínsecamente innovadores y creativos, pero
desarrollamos o enfocamos nuestras capacidades de forma distinta y hacia
distintos intereses.
La irrupción de las TIC en el ámbito
educativo vino de la mano de una tipología específica de profesionales,
capaces de innovar, de transformar el estilo docente, y de crear nuevas
herramientas y materiales. Por imitación, aquellos que se acercaban a
los "nuevos métodos" lo hacían emulando a los precursores, sufriendo en
algunos casos la frustración de no poder crear algo novedoso o
haciéndolo con dudosos resultados finales, lo que muchas veces se
traducía en el abandono de líneas interesantes de trabajo.
Hoy más
asentadas las cosas, somos conscientes de que no todos tenemos por qué
crear constantemente de la nada, inventar o innovar, sino que a partir
de lo ya creado, desarrollamos, evolucionamos y sobre todo ponemos en
práctica, lo que nos permite enfocar nuestro potencial creativo en otros
aspectos de la práctica docente.
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